Levantando muros

En 1961 comenzaba la creación del Muro de Berlín, como en la Edad Media se construían ciudades amuralladas como Ávila o Lugo, para evitar visitas de forasteros, para protegerse de lo malo que pudiera venir de afuera. La iglesia también suma como muralla al atacar los posibles efectos de la ciencia sobre la sociedad, entendiéndose entre otros, el conocimiento, la libertad, la iluminación. El muro de México, la censura del Franquismo y el maquillaje a las estadísticas oficiales por parte de los gobiernos actuales.

Todo esto sirve como maneras de proteger lo establecido, en unos casos para bien, en la mayoría de ellos para mal. Y si se practica en sociedades de forma generalizada es justo decir que es una actitud propia de las personas como seres individuales, esos que levantan murallas para no demostrar sus sentimientos verdaderos. Si hace unas semanas estaba yo elucubrando acerca de aquellos que se daban por satisfechos con la vida que no habían elegido, ahora hago lo mismo en relación a los de la muralla. Todos están bien.

Me puedo imaginar que la primera razón para no poder, no saber o no querer mostrar los sentimientos propios, es algún carencia emocional, comparaciones pasadas, falta de aprecio, falta de apoyo por parte de los padres. En este periodo, tengo que decir que todo es temporal, la vida en si misma es temporal, cosa mala y cosa buena. Nos hará ser egoistas, pero tambien nos dará la perspectiva de saber que una tragedia en un periodo equis de tiempo, se habrá superado. Así como las injusticias de la vida, que son muchas, porque la vida en si no es justa, pero somos nosotros y únicamente nosotros los que decidimos lo que queremos y nadie nos puede obligar a querer algo. Las decisiones que tomamos definen el camino y por tanto nos conducen, si queremos, a la felicidad. No será fácil, pero tampoco es imposible.

Aquí lo importante es la expresión de los sentimientos, el no tener problema en lidiar con ellos, el saber decir cuando estamos bien y cuando estamos mal, el aprovechar lo bien que estamos para hablar de lo mal que hemos estado. Aprovechar los momentos de paz para fortalecernos para el siguiente golpe. Que vendrá, porque siempre viene. Pero no podemos vivir enfadados, protegidos por nuestro muro, no expresando los sentimientos, ya que detrás del enfado siempre hay un miedo. Esto es tan cierto como que la vida nos va a azotar otra vez. Y si estaremos preparados o no, solo lo podemos decidir nosotros.

Evitamos hablar de nosotros como una forma de protección. ¿Protección de que? ¿De que alguien piense que somos débiles por llorar? Mejor llorar una vez por un momento malo, que guardarse la mochila de mierda y pasarse los días llorando por aquello que no supimos gestionar en su momento. Añadiendo un poquito más de dolor, de rabia, de enfado cada día. Pero aun así decimos que estamos bien.

Dar los problemas por solucionados, sin haberlos afrontado, aceptado, llorado, interiorizado, no conduce a ninguna parte, excepto a cargar esa mochila con un peso extra, y aumentar esa sensibilidad o esa irritabilidad que ya de por si está a flor de piel, y a la mínima explota. Como una bomba con reloj, tic-tac-tic-tac esperando a que el proximo comentario te haga daño.

Si esa muralla no existiera, si hubiéramos hablado con calma, con tranquilidad acerca de nuestros sentimientos en lugar de haberlos tragado sin masticar, la cosa se hubiera solucionado. Poca ayuda se puede dar no obstante a aquel que te dice que está estupendamente aun sabiendo que cada día le corroen un sinfín de malos sentimientos y que se oculta en la distracción para darlos por superados. ¿Cómo estás? Bien, gracias. Asunto zanjado. Es ver a una persona colgando de un precipicio, agarrado con una mano al borde, a una roca desprendiéndose, sudorosa su mano, viendo como se desliza poco a poco. Ofrecerle tu mano y que te diga que no la necesita, que está bien. En algún momento esa persona se va al carajo. Del todo. Finito. Kaput.

Podemos culpar al mundo de nuestros problemas, en lugar de resolverlos. Podemos aceptar que las cosas son como son o podemos cambiarlas y ser felices. Podemos ponernos un muro y una mascara de felicidad que en algún momento todo saltará por los aires. Sin olvidar que los demás siempre te tratarán como tu te tratas a ti mismo. Es lo que yo llamo el principio del bar sucio. Si entras a un bar en el que el suelo tiene papeles, palillos y no hay papeleras en la barra, tirarás el hueso de la aceituna al suelo. Si en cambio, el bar está impoluto, se te caerá la cara de vergüenza al dejar caer el tito.

Desde que tengo mis veintipocos he sido de la opinión de que somos responsables de lo que nos pasa, tanto bueno como malo, de que nos tratan como nos tratamos, de que esto es demasiado corto, que a pesar de llevar años en la cresta de la ola, en cualquier momento llega la resaca y me manda literalmente a tomar por saco. Habrá que estar preparados.

¡Luego estamos!

 


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