En la calle pasábamos las horas.

Eso decía una canción, bonita de Amaral, quien para radio está muy bien pero nunca debiera haber salido en televisión porque le quita el encanto. Me imagino el calor de los focos y el de la guitarra siempre con gorro.

Hablaba de los amigos, de lo que fue de unos, de lo que fue de los otros y de Guille y los demás. De como transcurrían los años y de como algunos se perdieron.

No hablaba de la facilidad o la dificultad de hacer amigos, de conocer gente, de mantener  a los tuyos. No hablaba de los que se dedican a ampliar el circulo de amistades o conocidos para ocupar así cada fin de semana, al igual que tampoco habla de la lealtad.

Cualquiera que me conozca sabrá que lo mío no son los grupos, que escojo a las personas con más cuidado del que escojo la comida, y ya es decir. Que por ver a uno tener que ver a quince, no merece la pena.

Veo constantemente lo de hacer vida social, lo de llenar las tardes, o las mañanas, lo de las críticas a los que no están pero cuando están hasta se les invita, esas cositas que hacen al ser humano tan humano. Todo eso a costa de los propios principios, de los valores de cada uno, vendiendo el alma propia a cualquier demonio.

Alto es el precio de quedar con conocidos. Si bien lo mencionaba hace unas semanas, con las herencias, con las razones, con torcer la cara cuando ves al otro para no tener que decirle hola. Lo de los conocidos es un tema similar. Te pueden llamar, para tomar algo, porque es mejor estar mal acompañado que solo, pero eso te costará las verdaderas amistades que se dan cuenta de tus chanchullos, de tu corrupción. Que puede estar muy bien, si, que todo el mundo te podrá aportar algo, seguro que también. Pero como estamos de paso, y esto se acaba en cualquier momento y desaparecemos y de nosotros no se acuerda ni cristo, y que soy un cínico, me quedo con eso de disfrutar de mi soledad y de las pocas buenas personas que me rodean, que al final es para lo que las quiero, para que sean buenas.

Eso de mantener contactos por un potencial trabajo, o la panchita que se casa por los papeles, es para los mediocres que con ser ellos mismos no es suficiente.

¡Luego estamos!


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