La decencia de las alturas.

En una caminata por los alpes, en algún sitio entre el Gaisalphorn y el Rubihorn, pueden pasar muchas cosas. Paso a paso, subiendo, sudando, ciscándote en todo mientras tanto y soltando todo el lastre de las últimas semanas, pasamos por calambres, flojeras, quejidos, llantos y más flojos. También ambiciosos, gente dura y fuerte con los que la cosa mola. Pocas cosas mejores que ver que alguien te aguanta el ritmo, excepto encontrar a alguien más fuerte que tú, y aguantarle el ritmo desde el valle hasta la cruz. Ahí es donde se curten los valores, los principios, el compartir, la honestidad, la solidaridad, la fortaleza, la resistencia, la ambición. Eso sí, el que quiera tener valores de altura. Los demás que se vayan a la barra de un bar a matarse a copazos.

En la subida te crucas con gente que ya está de vuelta. A que hora habrán empezado estos desgraciados te preguntas. Y te encuentras con una muchacha que lleva su hijo en una mochila, por un camino de cabras. Inculcando el hábito pronto. Otros chavales bien jóvenes, adolescentes aun, que sorprenden por su educación mientras dando palique. Esto es lo que denominaría gente bien, gente de bien. Los que prefieren estar en el monte cada fin de semana, las que se levantan a las cinco de la mañana para irse al monte en lugar de volver a casa a las cinco de la mañana después de una bacanal. Haciendo algo bueno, productivo, coherente, decente.

Veo como un chaval de quince años le soluciona un calambre a un colega, preguntándole si tiene alergia al magnesio y metiéndole una pastilla por el gaznate, con su correspondiente masaje. Con la profesionalidad de un experto. ¡La de dios!

Que como cambia el ambiente entre la montaña y los bares y los garitos. No hay por donde cogerlo. Pudiendo hacer las cosas de la casa durante la semana dejándote el sábado libre para evitar horas punta de chusmaza en el centro de la ciudad, quien quiere meterse en un garito lleno de descerebraos.

Que no digo que el que disfrute del campo sea un santo, que también hay mucho gañan por las alturas, por eso del postureo de lo sano que soy y que me vean. Esa es la única cerveza que vale, la de después de hacer un ejercicio fuerte. La de después de meterte mil quinientos metros de desnivel y haberte quedado más seco que la mojama. De a falta de hacer una cumbre, como vas sobrado, te haces dos y cuando las fuerzas empiezan a flaquear apuras aun más el paso.

Terminando en el río, ver como dos rubias que se acaban de subir la montaña corriendo, se quitan la ropa y se tiran al lago en bolas, como dios las trajo al mundo. Nada más bonito que disfrutar de la naturaleza. Libres domingos y domingas.

Y la vuelta a casa, con el sol rojo, enorme en el horizonte, tirando kilómetros con el ansia rota. Esa maravillosa sensación de estar reventado físicamente y ser un héroe moral. Y llegar a casa, una ducha, sintiendo aun el sol en tus ojos, en cada poro de tu piel, limpiándote los restos de lo que has sudado. Y además de todo esto, haber compartido y conocido a gente interesante, sin necesidad de quedarse en la manada habitual.

Algún día. Algún día me retiraré con mis doscientas ovejas dejando de lado toda la gentuza urbana, que si hay algo dañino en las ciudades no es la contaminación, ni el ruido, ni los coches, es la cantidad de miserables que en ellas rondan.

¡Luego estamos!


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